2003.12.16+anochecer
Mercurio, por casualidad...
Hoy, al caer la noche, saqué el telescopio pequeño con la intención de observar a Venus, que tan alto y prominente ya está en estos días. En cambio, después de un breve instante, me percaté que algunos grados más abajo había otra estrella brillante sumergida en los últimos destellos del crepúsculo (habían pasado sólo algunos minutos después de las 6:30 p.m.). Se me ocurrió que dicha estrella podría ser Mercurio, que sabía que estaría en esa área en esos días, aunque pensaba que a menor altura. Al enfocar el telescopio a ese punto, enseguida confirmé que, en efecto, se trataba de dicho planeta, puesto que se detectaba un cuerpo con una evidente aunque diminuta extensión, algo que no sucedería si fuese una verdadera estrella.
Cambiando el ocular de 25mm por uno de mayor aumento, no quedó duda de que se trataba de Mercurio y no de una imitación (algunas estrellas brillantes, cuando se ven cerca del horizonte, pueden aparentar que tienen más extensión de lo que presentan regularmente—prácticamente nada).
A pesar de que la altura del planeta era poca —y se iría reduciendo cada segundo— la visibilidad no era tan mala, aunque la imagen se percibía con la clásica dispersión cromática que, en esos casos, produce la atmósfera. Otro detalle visible era que, por más que intentara enfocar bien la imagen, no se lograba presentar una “bolita” completamente redonda (algo más que apoyaría la “teoría de la estrella disfrazada”), sino que le faltaba un pedazo, aunque, verdaderamente, no podía precisar cuánto del globo no se veía y, por consiguiente la fase en que se encontraba Mercurio (tarea que luego le dejaría a la computadora, la cual dijo que estaba iluminado poco más de la mitad).
La duración de esta observación fue corta porque así sólo lo permiten la órbita de Mercurio y la imparable rotación de la Tierra. No obstante, creo que ha sido la observación telescópica de este planeta más prolongada que he hecho en mi vida (unos 20 minutos), permitiéndome confirmar por primera vez que el color aparente de Mercurio no es blanco, como debería ser, sino más bien de un tono cremoso-amarillento, como le imparte la atmósfera de la Tierra.
Nota posterior: durante los siguientes días, continué observando a Mercurio a simple vista, actividad que me deleita mucho más que su visión telescópica justamente por su acelerado movimiento en esos rincones del cielo, que permiten confirmar de forma sencilla, pero sin lugar a dudas, el movimiento de los planetas, y que éste, propiamente, poco se aleja del Sol, al cual no abandona irremediablemente.