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CUADERNO DE OBSERVACIONES ASTRONÓMICAS
2003.06.23+0:00 UT

Cambio de percepción

Algunos años atrás, cuando era un total inexperto en astronomía, pensaba que había que tener un telescopio grande y costoso para disfrutar el cielo nocturno. Esa idea se debía, justamente, a que no tenía un telescopio (del tamaño y alcance que fuera) y mis percepciones sobre ese campo se basaban en los comentarios que leía en las distintas publicaciones, en las que siempre predomina la visión de los más afortunados: aquellos astrónomos aficionados con dinero en sus bolsillos con que comprar lo mejor del mercado. Cuando finalmente pude comprar un telescopio (tras una larga espera, ver relato), adquirí un Schmidt-Newtoniano de 150mm por la suma de algunos US$800.00, un gasto moderado según lo que originalmente tenía en mente.

Schmidt-CassegrainA pesar de que ese telescopio resultó una maravilla, el peso de la opinión de los expertos, que no se cansan de recomendar sólo lo inaccesible a la mayoría de la gente, siguió latente, hasta que finalmente compré un Schmidt-Cassegrain de 235mm, un instrumento versátil y útil tanto para la observación de planetas como de objetos de cielo profundo. La calidad de este segundo equipo, más costoso que el primero y de mejor reputación, definitivamente parecía probar la validez de los comentarios de lo que tanto creía, hasta que un día, por puro placer más que otra cosa, decidí comprar un telescopio más pequeño que los dos que ya poseía: un Maksutov-Cassegrain de bajo costo y de tan sólo 102mm de apertura. Gracias a este "microtelescopio", se ha producido un cambio radical en mi observación astronómica, de la misma asombrosa trascendencia que la revolución copernicana (ya pueden imaginarse que este último comentario tiene cierto grado de exageración, para propósitos "ilustrativos").

Cada oportunidad que tengo de observar por este pequeño telescopio se convierte en un evento inolvidable (lea los comentarios en fechas anteriores). Esta noche le tocó a Saturno. A pesar de que la imagen del planeta era pequeña, en comparación únicamente con el G-9¼, no había detalle alguno que no adquiriera definición claramente. Ahí estaban los tres anillos principales, la división de Cassini, la banda ecuatorial, las zonas circundantes, la región polar del sur y unas cuantas de las lunas. Y todo por menos del costo de mi primer telescopio, que nunca ha sido muy adecuado para observación planetaria.

Si alguien, en una revista astronómica, hubiera dicho algo parecido en aquellos años, seguramente, la historia hubiera sido otra. Más aún, si los que escriben en ellas se dieran cuenta de que por cada astrónomo aficionado millonario, existimos un millar de astrónomos aficionados menos pudientes, pero igual o más inteligentes, viviríamos en un mundo mejor (al menos, un poco más feliz).

A lo que llegamos es, entonces, a la siguiente conclusión: si a usted realmente le gusta la astronomía, no piense necesariamente en adquirir un telescopio que cueste más que una pequeña fortuna (soñar no cuesta nada mientras se llame "soñar"). Piense en un telescopio que pueda adquirir sin que se afecte su supervivencia a corto y largo plazos. Escuche la voz de aquellos que tengan algo de experiencia, sí, pero sobre todo, sea más realista que ellos y comprenda la diferencia que hay entre tener un telescopio y no tener uno.

En esto último hay que hacer una aclaración: no estoy diciendo que es mejor comprar un telescopio de bajo costo aunque sea de mala o cuestionable calidad. Me refiero más bien a que no piense que la calidad y utilidad de un telescopio reside necesariamente en su precio. Por ejemplo, un telescopio refractor apocromático de 100mm de apertura cuesta unos US$5,000.00; la calidad, obviamente, es excelente. Un telescopio reflector de 200mm de apertura (el doble, y por lo tanto, más potente) en montura dobsoniana cuesta unos US$500.00, una décima parte de lo que cuesta el refractor. ¿Su calidad? Igualmente excelente. Y probablemente sea un instrumento más versátil. Yo soñaría con el primero y compraría el segundo. Esa compra tampoco cierra las puertas a una futura adquisición de un equipo de ensueño, sin hacer esperar mucho por "llegar" al cielo (nocturno).

En caso de duda, siga esperando...

2003.06.23+0:00 UT

Probando el Mak, segunda parte

Este pasado fin de semana me llevé el StarMax 102 a la isla municipio de Vieques (para los que no sepan, esa islita se encuentra al este de Puerto Rico), en un viaje "exploratorio" con doble finalidad: ponerlo a prueba como instrumento de viaje y analizar su calidad óptica para aplicación astronómica casual.

Maksutov-CassegrainEmpacar el tubo óptico fue muy fácil, pues trajo consigo una bolsa-maletín donde se acomoda de manera segura. Dicho "bultito" tiene, además, tres bolsillos para trasportar utensilios secundarios, como lo fueron la diagonal, el ocular de 25mm, el buscador y su montura, la barra del contrapeso, una linterna, varios lápices y algunas hojas de papel para hacer apuntes. También guardé en ellos los pequeños niveles que utilizo para nivelar el trípode, un pequeño destornillador, una llave mecánica para ajustar los tornillos que sujetan el trípode, los dos controles de movimiento lento y un jabón de baño (no para el telescopio, evidentemente). Por su parte, el trípode cupo muy bien en una bolsa que tengo para transportar una silla plegadiza (que se quedó en casa), mientras que la montura tuvo su espacio dentro del bolso en que llevaba ropa y otros artículos personales.

Toda esa carga no resulta excesiva y puede llevarse cómodamente por una persona "normal". Tampoco representó un problema para transportar el resto del equipaje.

Ese día, de ida, hubo un tapón "de madre" en la Avenida 65 de Infantería (supongo que la gente se volvió repentinamente loca, y medio mundo salió a hacer sus compras a la misma vez). Llegamos apenas cinco minutos antes de que la lancha zarpara del embarcadero de Fajardo, pero la boletería ya había sido cerrada. ¿Resultado? Nos quedamos "varados" en tierra (gracias al medio mundo).

El próximo ferry saldría dos horas más tarde. Piensen: dos horas muertas confinados al muelle de Fajardo. Decidimos coger un taxi (supongo que como los que se tomaban en Puerto Rico en la década del cincuenta: es decir, bien "explotao") hasta el aeropuerto e irnos en avión (dejaríamos el auto en un estacionamiento privado aledaño al embarcadero porque después regresaríamos en la lancha). El viaje de hora y media por dos dólares por el mar se convirtió en una breve voladita de 12 minutos contados (y un "poco" más caro).

Al llegar a Vieques, ya los "panas" nos estaban esperando: metimos todo el equipo y demás pertrechos en el baúl del carro en cuestión de segundos, y por ahí nos fuimos a La P.R.A.A.

Caída la noche (en la "boca del lobo" de Puerto Real —por decir que todo era oscuridad en el lugar donde nos quedamos) y depués de haber ido al Colmado Verde (en la Esperanza) a comprar algunos "snacks" para pasar la noche, llegó el momento de montar a Monet (como fuera bautizado el telescopito inicialmente en honor a una perra "teacup yorkie" llamada Monnette) y de sacarlo al exterior para que se aclimatara. El ensamblaje tomó sólo unos pocos minutos, aunque hubo un pequeño percance.

Si lo notaron, no mencioné previamente que, entre las cosas empacadas, estaba el contrapeso. Como sorpresa de última hora (10:00 p.m., poco más o menos), descubrí que lo había olvidado en mi casa. La anticipada noche de observación bajo cielos casi libres de toda contaminación de luz se veía paralizada y sin remedio. Afortunadamente, Monet es bastante liviano, tal que con una pizca de ingenio casero, convertí los binoculares que también había llevado en un contrapeso eficaz. La noche se había salvado...

En su viaje inaugural (ya más exitoso que el del Titanic), la óptica del telescopio se estrenó con las maravillas del cielo sur y unas cuantas del norte: M4, M6 y M7 se veían estupendos, Omega Centauri sorprendió a todo el mundo (bueno, éramos cuatro los "velones"), la Pequeña Nube de Sagitario —como siempre— lucía espectacular, M8 mostraba casi toda su extensión, NGC 6231 brillaba como ningún otro, etc., etc., etc. De todos los objetos que vimos esa noche (nos retiramos temprano porque teníamos muchos planes para el próximo día), el más que me sorprendió fue M57, la Nebulosa del Anillo, en Lyra. A 50x se distinguía facilísimamente, y en nada se deterioró con más aumento. Prácticamente se veía tan bien como en cualquier telescopio de mayor apertura. Hasta los novatos que la veían por primera vez (los otros tres) se percataron de la estructura anular y del centro más "oscuro" sin que se los advirtiera.

Sólo le encontré una "falta" miníscula al telescopio: acostumbrado a los campos de visión tan amplios del SN6, el grado que ofrece Monet me pareció poco inspirador. El pequeño buscador, que produce imágenes bien claras, tampoco es muy cómodo, pero no por culpa de sí mismo, sino por lo incómodo que puede resultar en algunas posiciones. Sin embargo, a los demás todo les pareció divino. De hecho, tan buena acogida tuvo que decidí cambiarle el nombre.

Después de un fin de semana de mucha actividad, "The Telescope Formerly Known as Monet" (¿se acuerdan de Prince?), regresó a casa nuevamente en avión (esta vez porque se llenó la lancha) y victorioso. La última prueba de fuego será Marte en los próximos días.

2003.06.20+0:00 TU

Probando el Mak

Hace dos días, recibí mi nueva adquisición: un Orion StarMax 102 EQ (Maksutov-Cassegrain) de 4 pulgadas de apertura: mi "travelscope". Tuve que esperar hasta hoy para tener un claro entre las nubes y poder probar su óptica, la cual me ha dejado sorprendidísimo: realmente es buena, muy buena. Júpiter estaba ahí, dispuesto a que lo enfocara, así que lo complací gustosamente (las bandas de Júpiter también serían un buen blanco de prueba).

Resultados iniciales: la prueba se vio parcialmente interrumpida cuando me "tropecé" con otro tánsito de Ío y su sombra en sus etapas finales, evento que no sabía que ocurriría esta noche (ha estado tan nublado en los últimos días que ya ni me preocupaba por saber qué estaba sucediendo en el firmamento). Ya habrían pasado unos 20 minutos de finalizado el tránsito de la luna (según verifiqué más tarde), pero a su sombra aún le restaban unos 40 minutos de paseo frente a la faz del planeta.

¿Qué estoy diciendo? Pues que estaba viendo la sombra de Ío entre las bandas ecuatoriales de Júpiter en un telescopio de tan sólo 102mm de apertura. También podía definir otras bandas en las regiones "subtropicales" y polares, y detectar evidencia de algunas otras deformaciones en las zonas "entremedias". No es que sea imposible observar tantos detalles en Júpiter con un instrumento tan minúsculo, pero pensé que sería difícil ver el tránsito de una sombra, más aún considerando que recien acababa de sacar el telescopio del interior de la casa —por lo que no estaría termalmente equilibrado— y que la atmósfera estaba inestable.

Pronto regresaron las nubes, así que el proceso de evaluación concluyó prematuramente. Pero por lo poco que pude presenciar, sé que este pequeño telescopio me brindará mucho placer astronómico en las noches que se avecinan.

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